Recuerdo también llevar a un cuate emigrado de Jalisco en el taxi del centro de San Diego al aeropuerto, quien me dijo que en E.U. se sentía más libre; que la burocracia totonaca no le había puesto más que puras trabas. Leí por ahi que si quieres que un empleado postal italiano te venda un timbre es necesario llamarle "su excelencia". De por ahí nos viene. Acostumbrado a la facilidad y sencillez de los trámites de notaría en California, me he rehusado a sentarme a hacer horas-nalga en alguna Notaría Pública Número tal de TJ, con su antesala presidida por la obligatoria secretaria malencarada. Por esto continúo intestado. Además por algún motivo el té negro, del cual soy gran consumidor, es mucho más caro de este lado... estoy al tanto de las atrocidades del imperialismo, y de los Niños Héroes de Chaputepé. Y llevo tres meses esperando a que me llegue de Corea mi dvd de "Memorias del Subdesarrollo". Que el virus, que no sé qué, se excusa el vendedor. Ah: dice que ya lo fleteó, en la Nao de la China Poblana.
Ya se trajeron de California el avión presidencial. Cómo carajos lo van a vender, si las aerolíneas tienen sus flotas paradas. Ni quién ofrezca un peso plata por él.
Pero al pinche Trompas debieran llevárselo en cadenas a La Haya, por crímenes de lesa humanidad. En cuatro años ha convertido a Los Yunáits en un infierno fascista. Un amigo muy querido dice que sólo son patadas de ahogado, que todo volverá a la normalidad en Noviembre. Dios te oiga, manito. Para que se regresen a su closet los millones de rednecks racistas. O que se les reubique a todos en el estado de Idaho. Allá seran muy felices porque hay puros pieles-pálidas. Bueno, no. Cuando anduve de troquero me tocó cargar en una procesadora de patatas que estaba llena de paisas, allá en Pocatello.
Pero ya que se acabe el trompas, y que se acabe el virus del trompas para poder regresar al mismo desmadre de siempre. Ajúuuua. Sí señor.
Al Padre Hidalgo le concedieron su último deseo de un tazón de chocolate caliente antes de que lo fusilaran y le cortaran la cabeza.
Este es el Año del Covid-19. Estaba leyendo un artículo en una revista budista donde la autora sugiere que todos estamos afligidos en menor o mayor grado porque nunca habíamos pasado por algo parecido.
Yo, que de por sí padezco de ansiedad, ahora ya tengo algo en concreto por lo cual sentirme ansioso. Ya no es aquella ansiedad difusa de antes, como de que algo malo va a suceder. Mi vieja compañera de viaje.
Llevaba varios días de sentirme bien, despúes del último ataque de nervios. Hoy en la mañana fui al Menudo de La Doña. No había ido desde el invierno pasado y ya traía antojo. Manejé mi viejo pick-up en el tráfico mañanero hasta la esquina de Díaz Ordaz y Clouthier, que es donde se ubica el restaurant. El aparcamiento ahi es muy reducido, porque lo comparten con un taller mecánico, pero afortunadamente sólo había otro carro ahí.
Me senté en la banquita de afuera y pedí un menudo chico. Me gusta ese lugar porque lo hacen muy sano, sin tanta grasa. Estilo casero, pues. Y limpian bien la pancita antes de cocerla, de modo que no tiene ese desafortunado apeste que caracteriza a otros restaurantes. No digo donde, porque se pueden enojar los de Menudería Guadalajara.
Ya me trajeron mi plato, con tortillas y todos los condimentos, y un bote de Coca Light. No tomo mucha soda, pero a veces combina bien. Estaba a punto de meter cuchara, cuando llega un gordito en una moto con la caja de Uber Eats y pide dos grandes para llevar. Y empieza a toser. Un chavo joven, de esos jóvenes tontos que se sienten inmortales. Y siguió tosiendo. Como a tres metros de mi, al aire libre. Bueno, solamente lo escuché toser dos veces primero, y otras tres después. Sin cubrebocas, que finalmente sacó y se lo puso. Pero ahí fue cuando le dije a la muchacha que mejor comería adentro. Afortunadamente no estaba ninguna de las cuatro mesas ocupada.
Me la paso todo el día encerrado y cuando finalmente salgo, nunca deja de suceder algo como esto para que empiece a preocuparme otra vez.